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domingo, 14 de julio de 2019

EL AVE FENIX ESPIRITUAL


Cuando llegamos al monasterio de Erdene Hambyn Jiid no podía suponer que en este antiquísimo templo encontraría pistas sobre la legendaria Sambalah. En el un monje con el que viví una de las experiencias más emotivas del viaje, el lama Guereltod Davá, me hablaría sobre ese legendario reino de luz. Sin embargo no es la leyenda de Sambalah lo que desearía resaltar ahora del monasterio de Erdene Hambyn Jii, sino el hecho de que resulta un excelente ejemplo del fenómeno de resurrección del budismo tibetano en Mongolia en los últimos años.

Durante los años veinte y treinta el poder que habían adquirido los lamas durante más de cuatro siglos de presencia en Mongolia, no sólo dejó de existir, sino que se volvió contra ellos. Los tratados firmados por Mongolia con Rusia durante la guerra con Manchuria, que terminarían por incluir al país de Gengis Khan en el llamado Bloque del Este, hicieron que la persecución de las creencias religiosas iniciada por Stalin en la URSS se extendiese también al “País del Cielo Azul”, donde los antiguos monasterios fueron cerrados, o hasta incendiados, y los lamas encarcelados, exiliados o ejecutados.


Durante los años 30 las purgas stalinistas exterminaron más de 20.000 lamas, y destruyeron más de 800 templos y monasterios, eliminando toda expresión de vida religiosa en el país, durante setenta años. Hasta la década de los noventa, en que la caída del Telón de Acero ha hecho cambiar las cosas en los países del Este, cualquier mongol que participase en prácticas religiosas podías ser severamente penalizado por el gobierno. Solo a partir de los últimos años los viejos textos budistas, y las antiguas imágenes religiosas que permanecían ocultas en cuevas, antiguos monasterios o en domicilios particulares, custodiadas por lamas o creyentes que arriesgaban sus vidas al conservar estos viejos legados budistas, han podido comenzar a ver la luz de nuevo. 

Paradógicamente, mientras el resto del mundo vive un creciente materialismo, y un gradual descreimiento de todo lo relacionado con la espiritualidad, en los países del Este, como Mongolia, comienzan a reconstruirse los antiguos monasterios destruidos por Stalin, u otros nuevos. Y el budismo, ha vuelto a ser declarado religión oficial de Mongolia.

Este fenómeno, como antes apuntaba, esta perfectamente ilustrado en el caso del monasterio de Erdene Hambyn Jiid, y en lamas como Guereltod Davá. Este monasterio en realidad data del siglo XVII, pero en los años 30 las tropas de Stalin lo arrasaron completamente, ejecutando a todos los lamas. Pero en los años noventa, Davá Tserendoraz, una devota creyente madre de dos lamas, decidió encabezar las obras de reconstrucción del viejo templo. Tarea en la que se encontraban cuando llegamos a su templo. Gueretlod, hijo de la anciana pero incansable Davá, tiene esperanzas en que el año 2000 les traiga la alegría de ver completamente reconstruido el templo arrasado por los comunistas hace setenta años.

Y es que el hambre espiritual que durante 70 años padeció el pueblo mongol comienza a ser saciada en esta década, al permitirse por primera vez en mucho tiempo la libertad religiosa. Su santidad, el actual Dalai Lama, terminó de impulsar ese retorno al budismo, al visitar personalmente Mongolia en varias ocasiones durante los últimos años. Una labor apostólica esta, que el Dalai Lama desarrolla con la colaboración de varios de sus mas cercanos representantes. Hace pocas semanas, a finales del mes de julio, podíamos presenciar personalmente la visita del mismísmo lama Zhavzandamba, reconocido como la reencarnación del noveno Bogh, al monasterio de Gandantegchilén, en Ulaam Bator (actual capital de Mongolia), ante la explosión de júbilo y devoción de millares de creyentes que se agolparon ante las puertas de Gandantegchilén para saludar a este importante monje, que acompaña al Dalai Lama en su retiro de la India.

Podemos testificar que la tierna devoción que expresa 70 años de orfandad espiritual, asomaba a los ojos de los miles de mongoles que se apiñaban a nuestro alrededor, durante la ceremonia de bienvenido del lama Zhavzandamba al monasterio. Hacía muchas décadas que el pueblo debía ocultar sus creencias y prácticas religiosas, bajo pena de cárcel.

En octubre de 1996 este mismo monasterio, que hace sólo unas semanas acogía la visita del noveno Bogh a Mongolia, había albergado una multitudinaria ceremonia, similar a la que presenciamos. En aquella ocasión se trataba de la instalación de una colosal estatua de Megjid Janraisig (“el Dios que todo lo ve”), de 25 metros de alta y 90 toneladas de peso, que se ha convertido en el símbolo más evidente de que las cosas han cambiado. Ese colosal Buda parece retar a 70 años de persecución política de la espiritualidad, desde su lujoso trono en Gandan.

Su alteza el lama Tsedendamba, segundo lama del monasterio de Dashchoilin, en Ulaam Bator, asegura que a lo largo de todo el mundo las doctrinas del budismo tienen un origen común, las enseñanzas de Gautama Buda, por eso no hay diferencias ni divisiones entre las doctrinas de los budistas tibetanos, mongoles o indios.

Los budistas tienen tres doctrinas fundamentales: Oprimir la tentación de cometer pecados, acumular méritos practicando tareas nobles y pacíficar las emociones completamente. Estas tres virtudes definen al budista, independientemente de cual sea su país de origen. 

La doctrina budista divide sus formas de vida y los seres del universo dentro de tres niveles: uno más bajo en el que se incluyen los animales y las personas que carecen de interés por su próxima vida, limitándose a preocuparse por el dinero y los placeres materiales; el segundo engloba a los seres vivientes que tienen inquietudes religiosas, y a los que el budismo asegura una mejor reencarnación en la próxima vida; y el tercer nivel está en aquellos que desean ayudar al prójimo sin preocuparse por si mismo, gracias a deidades sagradas.

Se estima que más del 80% de la población de la Mongolia actual es budista. De acuerdo con el censo elaborado por el Ministerio de Justicia existen aproximadamente unos 200 monasterios budistas en activo. Esto indica, claramente, que el budismo vuelve a ser la religión más importante en todo el país, a pesar de que mucha gente joven todavía no ha asimilado ese retorno de Buda al país del cielo azul.

El primer lama del monasterio Gandan, su alteza D. Choijamats insiste en que es necesario enseñar y educar a la gente para poder extender las enseñanzas del budismo. Sin embargo existe una gran carencia de educadores budistas debido a los setenta años de prohibición religiosa en los países comunistas. Es decir, un periodo de tiempo equivalente a toda una vida humana.

El lenguaje ha sido otro obstáculo, ya que la mayoría de los libros budistas están escritos en tibetano. Habiendo reconocido la importancia de ese lenguaje sagrado, el centro Nomun Gerel, establecido el pasado año, dedica sus esfuerzos a traducir los textos tibetanos al mongol. 

La máxima autoridad mundial del budismo, su santidad del Dalai Lama, ha visitado Mongolia en varias ocasiones, ya que considera este país como uno de los mayores centros del futuro budismo, animando a los creyentes a la recitación de los manni y mantrans en mongol, y dándole un protagonismo, en el mundo del budismo, de extrema importancia. Protagonismo que se ha convertido en un imán que ha comenzado a atraer a buscadores de todo el mundo, hacia los renacidos monasterios de Mongolia.

BUSCADORES

En la provincia de Bayan Olguii, en el extremo oeste del país, se asentaron hace décadas los kazakos, una etnia musulmana, con ritos, creencias y actividades diferentes a todo lo que nos encontramos en el resto del país. Originarios del Kazakistan, los kazakos habían escapado a China durante la invasión soviética a su país, y cuando intentaron regresar, al no ser admitidos en su patria, se convirtieron en exiliados, asentándose en Olguii, y convirtiendo esa provincia mongola en una atípica isla islámica en medio de un océano budista.

En Olguíi no sólo pudimos asistir a ritos, constumbres y prácticas religiosas en las que se detectaba una especie de sincretísmo islámico-chamánico-budista, sino que conocimos formas de vida, costumbres alimenticias y hasta formas de caza, como la utilización de enormes águilas amaestradas para capturar lobos, zorros, etc, cuyas técnicas se mantienen como un secreto de generación en generación. Todas ellas, esas costumbres y técnicas, empapadas de ritualismo y simbolismo religioso.

Y en esa provincia, precisamente, descubrimos hasta que punto el renacer del Ave Fénix de la espiritualidad mongola ha comenzado a atraer a buscadores de otros países. Habíamos dejado la capital de la provincia mucho rato antes, y tras haber tenido algunos problemas al quedarse dos de nuestros coches en un barrizal que debimos atravesar, tras cruzar uno de los cientos de ríos que afrontamos en nuestro viaje nos la encontramos. Parecía una aparición. En medio de la inmensa estepa mongola, donde a lo sumo nos encontrábamos cada muchos kilómetros algún pastor/a nómada con sus animales, nos topamos a una mujer de aspecto europeo, rubia y de profundos ojos azules. Se trataba de Natacha, una joven rusa que meses antes había conocido a un lama mongol en su Leningrado natal, que entre otras cosas le había hablado de la legendaria Sambalah. Natacha sintió una embriagadora llamada del espíritu, y no dudo en dejar a su marido, a sus dos hijos, y su pequeña tienda en una gasolinera de Leningrado, para echarse a las carreteras y peregrinar hasta los montes de Altai, donde pretendía ingresar en un monasterio budista como lama. Sin duda la fe de Natacha era muy grande. Lo suficiente como para que llevase más de un mes cruzando Siberia primero, y la estepa mongola después, empujada por su sueño de hacerse lama.

Ese sueño, que durante los años de la purga stalinista se convertía en pesadilla, para todo mongol que se atreviese a imaginarse como lama budista, comienza ahora a ser nuevamente compartido por jóvenes generaciones de mongoles. Una de las estampas más entrañables y esperanzadoras de nuestra expedición la encontramos a dos mil kilómetros de Bayan Olguíi, concretamente en el espectacular monasterio budista de Amarbayasgalan. Allí pudimos compartir las oraciones cantadas por un grupo de pequeños lamas, de 8 a 12 años de edad, que han tomado el relevo de la espiritualidad mongola para el próximo milenio.

Allí pude entrevistar al lama custodio del templo, que me aseguró que el viejo mito de los poderes psíquicos de los monjes esconde una realidad sublime. Según este lama, profesor de los jóvenes monjes de Amarbayasgalan, la instrucción férrea y estricta de los pequeños lamas, y la práctica de la meditación y la oración, termina por abrir sus mentes a otras formas de realidad y percepción. Tal vez aquellos pequeños lamas que encontramos en el monasterio de Amarbayasgalan sean los Lonsan Rampa del siglo XXI...

EL RESPETO POR LAS TRADICIONES

A lo largo de nuestro viaje tuvimos la oportunidad de conocer a patriarcas musulmanes, monjes budistas y hasta a chamanes tradicionales. Tal es el caso de Enkhe, una mujer tsatan iniciada en el chamanismo a los 3 años. Enkhe es la última de un linaje de chamanes que se pierde en la noche de los tiempos. Sus prácticas, cantos y rituales son los mismos que se practicaban hace siglos. Pero aunque ella intente mantener inalterable una tradición chamánica ancestral, en Mongolia se vive el mismo fenómeno de sincretismo que en otras partes del mundo.

Elementos mágicos y rituales, como los ovoos, originarios del chamanismo, han sido fagocitados por el budismo, durante sus siglos de evolución en el país del cielo azul.

Los ovoos son una especie de totems, construidos amontonando piedras y ofrendas religiosas de todo tipo en determinados “lugares de poder”, a los que acuden con gran devoción los creyentes para pedir la ayuda de los dioses. Pero lo que más nos sorprendió es que en muchos de esos ovoos encontramos ofrendas económicas que se apiñaban entre las rocas, suponiendo a veces una importante suma económica. Montones de billetes, pequeñas joyas, imágenes religiosas amontonadas en estos pequeños altares al aire libre que no dejan de sorprender a viajero, sobretodo teniendo en cuenta que Mongolia no es un país rico. Baste decir que el sueldo de un miembro del parlamento es de 100 dólares al mes, y el de un profesional medio es de 30. Pero sin embargo nadie se atreve a robar el dinero ofrendado a los dioses en esos altares al aire libre, porque es dinero sagrado y en Mongolia, por increíble que pueda parecer a las materialistas mentalidades occidentales, todavía se respeta lo sagrado...




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