viernes, 12 de julio de 2019

VIAJE A LOS MISTERIOS DE JORDANIA



El número de turistas decrece proporcionalmente al número de kilómetros recorridos, en el ascenso. El sudor va empapándote la camisa y se filtra por tus ojos y labios, dejando sentir su sabor salado. Pero merece la pena. Cada metro ganado a la montaña nos permite disfrutar de un paisaje cada vez más y más espectacular. A medida que ganamos altitud, la perspectiva de la ciudad rosa del desierto es más impresionante a cada segundo. A la derecha podemos adivinar el circo, con sus gradas concéntricas, y más allá el fastuoso Templo del Tesoro, popularizado por Steaven Spielberg en la ultima entrega de las aventuras de Indiana Jones. A la izquierda las sobrecogedoras tumbas, y mucho más allá el impresionante Monasterio. 

Seguimos subiendo. Ya apenas nos cruzamos con turistas. Tal vez algún joven deportista, intrépido y enérgico, que desprecia el sol abrasador del desierto jordano, y no teme al esfuerzo físico. Los puestos de venta de souvenirs van desapareciendo del paisaje mientras ascendemos por la montaña. Solo de vez en cuando, y muy cerca de los enclaves arqueológicos más importantes del recorrido, podemos encontrarnos con las vendedoras, fundamentalmente mujeres, de artesanía, telas y todo tipo de recuerdos de la mítica ciudad de Petra. 

Y por fin, ya sin resuello, alcanzamos los obeliscos. Uno de los lugares más interesantes de la ciudad nabatea, a juicio de quien esto escribe. Porque por razones desconocidas, y a diferencia de los obeliscos edificados por otras culturas, los nabateos no pulían un paralepipedo de piedra, para luego transportarlo al lugar escogido y plantarlo en su emplazamiento definitivo. Los majestuosos obeliscos de Petra fueron construidos rebajando toda la montaña alrededor de ellos, hasta conseguir que dos pedazos de esa misma montaña, como penes erectos, como antenas de roca, saliesen de las entrañas de la montaña erigidos hacia el cielo. 

Un poco más arriba, al final de la montaña, ya solo nos queda el inquietante Altar de los Sacrificios… 

JORDANIA: EL PUENTE DE ORIENTE 

En este singular momento histórico que nos ha tocado vivir, en que la guerra entre oriente y occidente se ha materializado ya como una vergonzosa realidad, Jordania ocupa uno de los papeles geoestratégicos más importantes de Oriente. A pocos kilómetros de la frontera con Irán, es decir, de la guerra, las tropas aliadas escogieron este país como base permanente de sus efectivos logísticos. Jordania es un país moderno, y con una clara vocación europea, a pesar de su cultura y tradición islámica. 

Segura para el turista y hasta para el viajero, Ammán, la capital, es una ciudad cosmopolita, que ofrece todas las comodidades imaginables. Buenas comunicaciones, buenos hoteles, y muchas opciones para el ocio. Y además es un excelente punto de partida para recorrer uno de los mejores puntos de contacto con el mundo islámico para un occidental primerizo en estas lides. El punto mas alejado de Ammán, en Jordania, esta solo a 5 horas de carretera… 

En un radio de pocos kilómetros y sin salir de la capital, merece la pena visitar los museos de las Tradiciones Populares, del Floclore o el Arqueologíco. Pero también es muy recomendable pasear por el Teatro Romano, construido por Antonino Pio (138-161 d.C.) situado en el centro de Amman; el Templo de Hercules, edificado por Marco Aurelio y Lucios Verus en honor al dios; o la Ciudadela, parida en sus cimientos en la Edad de Bronce, y sometida a innumerables remodelaciones por Romanos, Omeyas y Islamistas.

Saliendo de Ammán, hacia oriente, viajamos en dirección a Al Azraq, una de las zonas más importantes del país, por tener 3 fronteras. No tardamos más de dos horas y media, de conducción cómoda, en recorrer esa distancia. Eso si, por una carretera maldita. Según nuestro chófer nos advierte que todos los conductores deben tener especial cuidado en esa ruta ya que , por razones desconocidas, se producen muchos accidentes: “los conductores se cansan especialmente, se duermen, no sabemos porque, pero hay muchos accidentes”. 

La región de Al Azraq encierra muchos atractivos para viajeros, exploradores y aventureros desde hace muchos, muchos años. No en vano en esta comarca podemos encontrar el “Castillo Azul”, donde el mítico Lawrence de Arabia estableció su vivienda y base de operaciones, en muchas de sus legendarias aventuras por las tierras de oriente. 

De todos los castillos de desierto de Jordania, el Castillo Azul es uno de los más estratégicamente relevantes, por su cercanía a las fronteras de Iraq, Siria y Arabia Saudí. Probablemente por eso Lawrence de Arabia lo escogió como una de sus moradas. 

Muy cerca de allí encontramos el Castillo de Amra, especialmente interesante, desde el punto de vista artístico, porque en sus techos nos encontramos con el que aseguran, es el zodiaco más antiguo del mundo. 

Destacado por la UNESCO, a la vez que Petra, el Castillo de Amra avergüenza a los musulmanes, ya que durante el siglo VII se convirtió en un lugar de placer y lujuria para los gobernantes, como revelan sus elocuentes frescos y pinturas. 

Mientras conducimos, hacia el sur, de pronto descubrimos que la autovía se ensancha, pasando del equivalente de dos carriles al equivalente de ocho… acabamos de descubrir una de las pistas de aterrizaje, ingeniosamente improvisadas por las tropas jordanas, para los aviones militares. El asfalto de la carretera ha sido reconvertido en un improvisado aeropuerto para situaciones de emergencia… a pocos metros de allí se encuentra la base norteamericana donde los aliados entrenan a las tropas iraquíes voluntarias, antes de volver a enviarlas a la guerra. 

A menos de 100 kilómetros, al sur de Ammán, podemos disfrutar de un baño en las serenas aguas del Mar Muerto… Imposible describir la sensación de flotar inerte sobre las aguas, sin poder hundirte. Un fenómeno único en este lugar del mundo, gracias a la poderosa concentración salina de esta agua, que hace dos mil años fueron recorridas por los discípulos de Jesús de Nazaret. 

EL LEGADO DE MOISÉS 

Y continuando viaje hacia el sur, fundamental visitar el bíblico Monte Nebo. Hasta aquí, según la tradición, condujo Moisés al pueblo de Israel durante su éxodo. Desde lo más alto del monte es posible disfrutar de unas extraordinarias vistas de Palestina. Aquí exactamente se pierde la pista del autor del Pentateuco, un personaje venerado con el mismo fervor por el Cristianismo, el Judaísmo y el Islam. 

Desde el monumento que simboliza el cayado de Moisés y la serpiente, puede verse Jericó (en el actual Israel), el Valle del Jordán y el Mar muerto, así como las cimas de los montes de Jerusalén y Belén. 

Y a pocos kilómetros al este del Monte Nebo, la ciudad de los mosaicos: Mádaba. 

Mádaba fue habitada desde hace 4500 años y ya aparece mencionada en la Biblia (Números: 21;30, Josué: 13;9, etc). La estela de Moab, que fue erigida por Mesha, el Rey de los moabitas, en el 850 d.C., para conmemorar sus numerosas victorias sobre los Israelíes, menciona también la ciudad de Mádaba. 

Sus mosaicos son valorados en todo el mundo, y sin duda esta expresión artística ha hecho famosa la ciudad de Mádaba, pero de todos los mosaicos que adornan sus iglesias, museos y mezquitas, el más importante es el que representa el mapa de Palestina. 

Este relevante documento arqueológico se conserva en la iglesia greco-romana de San Jorge, construida en 1896 sobre las ruinas de una Iglesia Bizantina. Este mosaico fue confeccionado para cubrir el suelo de la iglesia sobre el año 560 d. C. y representaba todos los territorios de la antigua Palestina. Solo se conserva un fragmento ya que sus dimensiones originales alcanzaban los 15,7 por 5,6 metros, confeccionado con más de dos millones de teselas (pequeños cuadraditos de piedra con los que los artesanos elaboran los mosaicos de Mádaba).




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