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viernes, 8 de noviembre de 2019

MÁRTIRES DE LOS OVNIS


El diario Observaciones de Ciudad de México publicaba el 18 de marzo de 1977 una triste noticia bajo el siguiente titular: «Se suicidó un niño por mandato extraterrestre». La noticia decía así: 

Un niño de trece años decidió suicidarse esta mañana por certero balazo en el corazón, luego de que redactó una carta en la cual decía que unos extraterrestres le pedían que les acompañase en un largo viaje. En la carta destinada a su madre, el jovencito manifestó que seres de otros planetas habían tenido contacto telepático con él. «Seres como nosotros —escribió— me piden que me vaya con ellos.» 

Asimismo, pidió que sus padres y demás parientes «no sufran con mi partida, pues seré feliz con estos seres». Inmediatamente después de firmar su carta, tomó la pistola de su padre y se pegó un tiro. 


Con el paso del tiempo conseguí hacerme con una copia de la carta que el joven Sergio Bayardi dejó a su madre antes de suicidarse. Su texto es suficientemente elocuente: 

Mamá, no pienses que he muerto, no, porque volveré a nacer en otro planeta. No creas que es mi imaginación o que me he vuelto loco. No, mamacita; ya me ha venido a avisar una pequeña nube y me ha dicho que me necesitan urgentemente en el planeta Sonolcuclo, que queda a tres siglos desde esta galaxia. La nubecita, al decirme que me necesitan en el planeta Sonolcuclo, no me ha dicho: «Te necesitan en el planeta Sonolcuclo», sino que hizo una señal de arriba. Entonces yo, abajo, le pregunté que si en ese planeta la comunicación era hablarse por sonidos, así como los que usamos nosotros, pero le pregunté que si me lo podía decir en nuestro idioma, y me fue dictado letra por letra, pero me pidió que te dijera que por nada de este mundo vayas a divulgar este secreto que descubrí sobre la vida y la muerte, pues si lo divulgas, la gente perdería su religión, la fe en sí misma, y empezarían a matarse todos y a pensar que así iban a corregir todos sus errores, porque al entrar inmediatamente, se borra todo lo que vivieron en este maldito planeta, y solo quedarán pequeñas chispas de memoria, como las que yo he tenido. Mamá, ahora sé buena con Juan y Verónica, trátalos con cariño y no juzgues por las apariencias nunca, como a mí siempre me juzgabas; o no siempre, pero sí hubo muchas veces que me juzgaste así como te dije. Compréndelos y comprende sus gustos o necesidades de niño para que no los tengan que llamar tan pronto a otro planeta como a mí. Quema esta carta después de haberla leído. 

Te quiere, Sergio B. P. 

¿Qué se puede añadir ante tan espeluznante testimonio? 

¿Por qué razón un niño de trece años se pega un tiro en el corazón para viajar a otro planeta? 

Lo cierto es que suicidios similares se han dado en otros países por otras causas. Aún está fresco en la memoria el trágico caso de Jackie Johnson, una niña de seis años que, en junio de 1993, se arrojó a las vías del tren en Florida para convertirse en ángel. 


Similar fue el caso del cadáver encontrado en avanzado estado de descomposición en la mágica montaña de Montserrat (Barcelona). Dicho cuerpo, del enésimo suicida, portaba una elocuente carta póstuma: 

Quiero ir a hablar con el padre de todos nosotros, que está en el universo, para que me escuche por favor, como un padre que escucha a su hijo, y nos salve de esto que hemos hecho los terrícolas: disfrazar la verdad y la justicia de medias verdades, por culpa del dinero… 

Naturalmente, la historia de las religiones está repleta de casos similares de fundamentalismo extremista que desemboca en suicidio. Por otro lado, y en diferentes circunstancias, todos conocemos episodios del contexto religioso en el que creyentes de tal o cual fe dan su vida por sus creencias. A estos los llamamos mártires, y a los suicidas esotéricos, fanáticos. ¿Acaso no es lo mismo? 

Dice el primer mandamiento del dogma cristiano: «Amarás a Dios sobre todas las cosas». En el razonamiento del creyente, la salvación eterna está muy por encima de la vida terrenal. Si por una circunstancia, sea cual fuere, llega al convencimiento de que su muerte en virtud supone la salvación, y la vida en pecado la condenación eterna, no dudará ni un momento a la hora de sacrificar su vida por su fe. 

Solemos pecar de subjetivos al juzgar que el suicidio de un contactado con ovnis o un adicto a la ouija es un acto de fanatismo, mientras que a los cristianos ejecutados en los circos romanos los llamamos santos mártires. Y este juicio partidista se debe a que quien esto opina acepta como propios los credos de los que llamamos mártires, considerando las creencias de contactados o espiritistas como falsedades o simples psicosis. Pero si fuésemos realmente objetivos, deberíamos reconocer que tan absurdo, a la vez que admirable, resulta el suicidio por Cristo que por los extraterrestres. La patología autodestructiva es la misma. 

Pese a todo, hay que tener mucha fe para sacrificar la propia vida por las creencias, aunque esas creencias a ojos del prójimo puedan parecer una insensatez. 




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