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miércoles, 6 de noviembre de 2019

MONGOLIA: PEREGRINOS A TIERRAS SANTAS



Nuestro viaje continuaba ahora en dirección sur, bordeando la cordillera de Altai y entrando ya en la región de Khovd. Aquí encontré nuevas estelas y monolitos, con petroglifos aún más elaborados, y de más de tres metros de altura. Y una mañana, mientras ganábamos kilómetros al camino, nos topamos con el primer turista en más de dos mil quinientos kilómetros de viaje por las estepas mongolas.

Ocurrió exactamente a las 11.20 de la mañana, según mis notas. Como ya era habitual, circulábamos campo a través dando tumbos. A pesar del trote del coche, yo era capaz de leer, pero en un momento determinado, alcé la vista del Ulan Bator Post, un periódico nacional, y me la encontré. Allí, en medio de la estepa. Me froté los ojos y le di un codazo al general, que dormitaba a mi lado, sin necesidad de atarse la cabeza al respaldo.

—Battsagan, dime si estoy soñando. Juraría que estoy viendo a una rubia platino, vestida de astronauta, haciendo autoestop en medio de la estepa... Y no soñaba. Se trataba de Natacha, una joven rusa, madre de dos hijos y propietaria de una pequeña tienda en una de las gasolineras de Leningrado.

Con la caída del comunismo, todas las sectas y religiones imaginables llegaron a Rusia en busca de adeptos. Natacha había asistido a las conferencias impartidas por un monje budista en su ciudad y había decidido dejarlo todo para ingresar en un monasterio budista de Altair. Hacía veintisiete días que había salido de su país buscando un maestro. Según decía Natacha, «vivir el budismo sin un maestro es como caminar sobre un campo de minas». Y la rusa se lo había tomado a pecho, porque ya había pedido el permiso de residencia mongol para establecerse indefinidamente en el monasterio. Así que había cargado una pequeña mochila con lo más básico, se había hecho con un traje térmico, de astronauta (que pueden encontrarse en el mercado negro con la misma facilidad que armas, bombas y hasta documentos secretos del KGB) y se había lanzado a la estepa. Su peregrinación no tenía nada que envidiar a la del Camino de Santiago, sólo que ella iba camino de un monasterio budista.

Natacha nos acompañó una parte del viaje hasta Khovd, capital de la región del mismo nombre. Allí nos despedimos de ella deseándole la mejor de las fortunas en su audaz aventura espiritual. No he vuelto a saber de ella.

Pasamos unos días en la región de Khovd reparando las nuevas averías de los coches y visitando diferentes emplazamientos arqueológicos, templos y monasterios. Probablemente el más interesante, para mí, fue el monasterio de Dorgón, muy cerca de la Laguna Negra, al que llegamos ya bien entrada la tarde. Allí nos salió al paso el único lama que en ese momento estaba a cargo del templo, Soknum, un niño de apenas diez años de edad. Acampamos muy cerca del templo para poder visitarlo con más tranquilidad a la mañana siguiente.

Y Soknum no tuvo problema en enseñarnos el altar, con una bellísima imagen de Buda que les habían traído desde el Tíbet. Mientras terminaban las obras de remodelación del templo, el altar se conservaba en un ger cercano.

En el templo, además, trabajaba una especie de hechicero budista que practicaba una extraña forma de budismo vajrayana, también conocido como budismo tántrico, mantrayana o budismo esotérico. El tipo, de aspecto siniestro, decía tener la capacidad de conjurar a los cinco dhyani-Budas. Y que el Señor me perdone si eso no es una transpolación cultural de los yinnas islámicos, o al revés.

Sería muy largo profundizar teológicamente en este aspecto del budismo, pero baste dejar dicho que también en la serena senda del Buda existen distintas formas de magia y hechicería, así como la creencia en criaturas sobrenaturales y demonios, como existen en todas las demás religiones.

La ruta desde Khovd fue pesada. El terreno era todavía peor, y los coches se quedaban enterrados en el barro con frecuencia. Más pinchazos y averías. Tormentas torrenciales seguidas de un sol abrasador. Gasolineras con los surtidores vacíos. Agotador. En algunas ciudades, como en Uliastay, descubrimos que todavía se mantiene la costumbre de emitir, a través de poderosos altavoces colocados en las calles más céntricas, la emisora de radio local. Aunque las antiguas arengas comunistas ahora han sido sustituidas por música.

Fueron días de cierta rutina. Por las noches montábamos el campamento en el mejor lugar posible. Disfrutábamos del fuego, la compañía y unos cielos estrellados que tienen poco que envidiar al Sáhara. Durante el día recorríamos el mayor número de kilómetros posible, y así desfilaron ante mis cámaras infinidad de ovoos, templos y restos arqueológicos, a cual más interesante.

A cien kilómetros de Uliastay, y a ochenta y cinco de Tosonchengel, por ejemplo, encontramos nuevas estelas con petroglifos de cérvidos, sólo que ahora relacionadas con túmulos y complejos pétreos, similares a las «estrellas» de Uureg. Pero esta vez con evidentes formas que imitan animales, polillas, escorpiones...

Inevitable volver a pensar en las líneas de Nazca, que todavía no había visto más que en fotos. Algunas de esas formaciones aparecían mezcladas con tumbas de marcado estilo turco, lo que puede servir como elemento de datación, o sugerir que, como hicieron los cristianos que construían las iglesias o los cruceiros sobre antiguos dólmenes, castros o petroglifos anteriores a su llegada, los turcos hubiesen hecho lo mismo. Hoy estoy convencido de la segunda opción.

Cruzamos las regiones de Govialtay y Bayanhongor, y yo continuaba anotando en mi cuaderno las referencias del cuentakilómetros y los tiempos empleados en cada recorrido a medida que íbamos dejando atrás más ciudades y pueblos. Y, por fin, en la región de Sangay, encontramos otras cosas interesantes.

Antes de llegar a Tsetserieg nos detuvimos en una especie de ovoo gigante, llamado el «Arbol de los Cien Brazos». Se trata, como su nombre indica, de un árbol sacralizado cuyas ramas están repletas de ofrendas, y lo que es más interesante, de dinero. Ya habíamos visto billetes, pequeñas joyas e imágenes religiosas amontonadas en pequeños altares dentro de otros ovoos, pero en este caso la cantidad era mucho mayor, así como el tamaño del ovoo en sí. Y esto no deja de sorprenderme, sobre todo teniendo en cuenta que Mongolia no es un país rico. Baste decir que el sueldo de un miembro del parlamento es de cien dólares al mes, y el de un profesional medio es de treinta. Sin embargo, nadie se atreve a robar el dinero ofrendado a los dioses en esos altares al aire libre porque es dinero sagrado y en Mongolia, por increíble que pueda parecer a las materialistas mentalidades occidentales, todavía se respeta lo sagrado...

Y sagrada es también la Taiger Chulum o «piedra Taiger», de obligada visita para el viajero que atraviese esta región. Se encuentra muy cerca de Iktamir, a unos veinte kilómetros de Tsenserleg, y destaca en el paisaje por sí misma. No hacen falta más indicaciones. Se trata de una colosal roca que aparece como la única protuberancia en muchos kilómetros a la redonda. Una especie de «pequeña montaña» solitaria en la inmensa, plana y desértica estepa.

Muchas leyendas rodean la Taiger Chulum, como no podía ser de otra manera. Y a mí me recordó inevitablemente la supuesta «roca caída del cielo» en Camerún, de la que decían que habían salido los primeros bantúes. En este caso se trataba de una roca no menos insólita, de unos quince metros de alto por unos diecisiete de ancho, según mis estimaciones, y que presentaba en su parte más alta un ovoo, señal inequívoca de su carácter sacro.


Según la leyenda que nos narraba el vigilante de esta insólita piedra, Baitmit Elj Horde, y que se ha transmitido oralmente durante generaciones, hace miles de años una serpiente gigantesca aterrorizaba toda la comarca, asesinando y devorando a los lugareños. Ante las súplicas y oraciones de sus víctimas, un dios-gigante acudió para enfrentarse al monstruo, y con su fuerza sobrenatural arrancó un trozo de montaña que transportó por los aires hasta este lugar, para arrojarlo contra la serpiente, sepultándola bajo ella.

Según la leyenda esto ocurrió hace miles de años, ya que a pesar de que la Taiger Chulum está repleta de infames graffitis y pintadas modernas, muchos de ellos de contenido político anti-religioso, si nos fijamos bien en sus paredes podremos descubrir auténticas pinturas rupestres de antigüedad prehistórica, muy similares a las que ya había visto por medio mundo. Fue necesario invertir algún tiempo en la búsqueda de estos tesoros arqueológicos, ya que las pintadas contemporáneas no han tenido ningún rubor en sepultar la mayor parte de las mismas. Pero nuestra paciencia fue recompensada, ya que pudimos descubrir incluso algunos grabados antropomorfos posiblemente realizados en el Neolítico.

Humanoides de cabezas circulares, la forma más simple de representar una cabeza, escenas de caza, etc. Allí encontré también dibujos rupestres con el símbolo ]+[, utilizado por en el mayor fraude ufológico de la historia: UMMO, al que desenmascaré con todo detalle en Los expedientes secretos, y que en realidad es un símbolo asiático, como la esvástica, muy anterior al uso bastardo que se hizo de él en la Europa del siglo XX.

Cualquier estudioso de las religiones entenderá sin dificultad la sacralización de esa roca insólita, que destaca en el paisaje como si realmente hubiese sido un añadido misterioso. Igual que el gigantesco Árbol de los Cien Brazos, o algunos ovoos específicos, como el Tsenher Jiguur, que se encuentra en un pozo de aguas termales, tan reparadoras para los maltrechos huesos del viajero. En estas estampas es muy fácil reconocer las causas que hicieron que los antiguos mongoles las sacralizasen, por una razón lógica.

Darse un baño caliente en las pozas termales del ovoo de Tsenher Jiguur es encontrar a Dios, sin ninguna duda. Más que nada cuando llevas más de tres mil quinientos kilómetros dando tumbos por la estepa. En esa misma zona se encuentran las ruinas negras de Khar Balgasin Tuur, en Khotont. Antaño estas murallas protegían la capital del reino de Urghur. Ahora sufren la erosión del viento o acogen a familias nómadas.

Como a lo largo de todo el viaje, fuimos bienvenidos, y en esta ocasión agasajados con un nuevo festín que presentaba algunas diferencias gastronómicas con situaciones anteriores. A diferencia de la estrangulación de la femoral, como hacen los pastores del norte, o del degüello musulmán de los kazajos, los pastores nómadas del centro del país anestesian al animal antes de estrangularlo. Insólito. Ante nuestros ojos trajeron a la cabra elegida para homenajeamos. Después uno de los pastores llegó con un martillo de carpintería y le dio un golpe secó en la cabeza, entre cuerno y cuerno, para dejarla inconsciente. Sorprendentemente aquello pretendía ser una especie de anestesia. Inmediatamente el pastor le tapó la boca y la nariz al animal con la mano y lo asfixió. Para comprobar que realmente había muerto, le tocó la pupila, y al ver que no había reacción, entonces fue cuando colgaron a la cabra de las patas traseras y empezaron a despellejarla, pero sólo hasta la mitad. Una vez hecho eso, le abrieron una herida de unos veinte o treinta centímetros en la tripa y comenzaron a vaciarla de vísceras. Y ahí es cuando empecé a darme cuenta de lo que estaban haciendo. Iban a convertir el cuerpo de la cabra en una especie de horno donde cocinarla. Así fue.

Tras limpiarla llenaron el cuerpo de la cabra, que continuaba colgada de las patas traseras, de agua, a la que añadieron especias, vodka, etc. Después introdujeron unas piedras que habían cocido hasta casi dejarlas incandescentes en una pequeña hoguera para calentar el agua dentro del cuerpo del animal, y hecho esto volvieron a introducir el corazón, el hígado y demás órganos. De esta forma cocían al animal dentro del propio animal. Un horno de la estepa, que deja un sabor muy particular en los alimentos. Hasta los niños más pequeños, sin dientes aún, chupeteaban pequeños trocitos de carne aunque no pudiesen masticarlos todavía. Quizá por eso crecen tan deprisa, y tan fuertes, los niños mongoles.

Por la mañana esa misma familia nos acompañó a Khotont para presenciar un pequeño Naadam provincial. Corrían ochenta caballos y luego cien. Y allí tuvimos nuestro primer contacto con los «deportes de riesgo» mongoles. Aquel festival provincial me pareció un espectáculo fascinante. Ingenuo de mí. Tendría que esperar al Naadam de Ulan Bator para ver un verdadero espectáculo de luz, color y... crueldad.

Nos despedimos de nuestros nuevos amigos tras la última carrera para continuar el viaje hasta una etapa importante de la expedición: Karakorum, la antigua capital del imperio de Genghis Khan. Me atrevería a decir, sin temor a equivocarme, que en algún momento de la historia aquélla fue lo más parecido a la capital del mundo. 




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