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miércoles, 6 de noviembre de 2019

SOBREVOLANDO LAS LÍNEAS DE NAZCA


Existen varias compañías aéreas que ofertan el servicio de sobrevolar las líneas de Nazca: Aerolca, Aerolíneas Peruanas, Aerocóndor, etc. Nosotros optamos por esta última. Y en buena hora...

Treinta minutos de paseo aéreo sobre uno de los misterios más fascinantes del pasado cuestan cincuenta dólares. Y no se me ocurre mejor forma de gastarlos. Pero hasta en eso tuve suerte. El responsable de los vuelos en ese momento resultó ser Eduardo Herrán. La Providencia volvía a tratarme con cariño, porque Herrán ha sido el piloto descubridor de algunas de las lineas de Nazca más emblemáticas; como el «hombre-búho» o «astronauta», de treinta y dos metros de longitud. 

En 1982 los ojos de Eduardo Herrán fueron los primeros que vieron al «astronauta» de Nazca en sabe Dios cuántos siglos. Pero es que además Eduardo Herrán es un apasionado de los deportes de riesgo y de cualquier forma de volar. Mi licencia de paracaidista me abrió las puertas una vez más. El veterano piloto, al que también le había seducido aquello de volar colgado de un trozo de tela, había tenido un gravísimo accidente con su campaña, estrellándose precisamente en el suelo de Nazca. Yo también había tenido, un par de años atrás, una emergencia durante un campeonato de salto de precisión en paracaídas, durante la investigación que dio lugar a Los expedientes secretos, en la editorial Planeta. Y aunque gracias a aquel salto conseguí una meritoria medalla de bronce en el Festival Nacional de Deportes Aéreos de Vigo, en la modalidad de salto de precisión, el susto no me lo quitó nadie. Y así, intercambiando anécdotas «de paraca a paraca», establecimos una estupenda relación. 

Una vez más, la conversación con los nativos me enseñó más que todos los libros que hubiese podido leer sobre las lineas de Nazca. Además de las treinta y siete figuras importantes contabilizadas por la doctora María Reiche, Eduardo Herrán tiene contabilizadas trescientas veinticuatro nuevas figuras localizadas y fotografiadas por él mismo durante sus rutas aéreas en los valles de Nazca y Palma. Y durante nuestra entrañable charla me ofreció algunas ideas muy interesantes, como que los dibujos ciertamente están hechos para ser vistos desde el aire por los dioses, como decía Erich von Dániken. Sólo que los dioses preincas no eran extraterrestres sino otros habitantes del cielo: el sol, la luna, las estrellas, etc. Y sobre todo por los cóndores, que son los mensajeros de los dioses. 

Por mucho que insistamos en considerar supersticiones absurdas las antiguas creencias religiosas de nuestros ancestros, y como he mantenido en todos mis libros, dichas creencias siempre tienen un porqué. En el caso de los cóndores, Eduardo me lo resumió en un ejemplo tan gráfico como contundente: 

«Los cóndores habitan las partes altas de los Andes y bajan a las costas en enero, febrero, dependiendo del fenómeno del Niño. ¿Por qué? Porque se arman grandes tormentas, con grandes nubes, rayos, truenos. A los cóndores no les gusta volar allá. Entonces toman la vertiente del valle, bajan hacia la costa, anuncian la lluvia. Cuando un pastor ve el cóndor en los meses de verano, ¿qué dice? "Hay que limpiar la acequia, que ya viene el agua... Arriba está lloviendo, los ríos se están cargando, y va a venir el agua"». 

Los antiguos nazcas, paracas, mochicas, incas y demás culturas peruanas adoraban el cóndor, entre otras cosas, porque traía (en realidad sólo se adelantaba a su llegada) el agua para los cultivos. He ahí la explicación. Igual que los tuaregs del Sáhara «traen» las lluvias. No hay nada sobrenatural en ello, sólo la interpretación errónea de un fenómeno tan real y lógico como que los animales predicen los terremotos gracias a la especial sensibilidad de su oído interno. ¿Resultaría absurdo que las lineas de Nazca fuesen realizadas para ser vistas por los cóndores? No lo sé. Aunque me suena menos irracional que suponerlas hechas para ser vistas por alienígenas. 

En cuanto a la necesidad de una supervisión aérea, el piloto me dio otra pista interesantísima. Ajeno a las descripciones que Marco Polo hizo en sus crónicas de los hombres voladores que había visto en China, desplazándose por el aire en una especie de grandes alas deltas o paraceilings (esos «paracaídas» de las playas más turísticas arrastrados desde una lanccha o coche), sugería que algunos de los gigantescos telares encontrados en Paracas o Nazca podrían haber sido utilizados con esa intención: «Los antiguos paracas hacían mantos y telas, cubiertas con plumas, de diez y doce metros de largo por cuatro de ancho, y con ellos se pueden hacer perfectamente campanas de paraceiling para volar sobre los dibujos». 

Eduardo Herrán, familiarizado además con el paracaidismo y el parapente, se había percatado de algo en lo que nadie antes había caído: los antiguos nazca podían haber volado sobre las lineas sin necesidad de tecnologías mecánicas. Aunque sería un aventurero norteamericano quien demostraría experimentalmente que esto es factible...

Las lineas han recibido todas las interpretaciones posibles. Para la escuela más tradicional, encabezada por Kossok y Reiche, se trata de un gigantesco libro de astronomía tatuado en la pampa. Es cierto que entre las miles de líneas que surcan el desierto algunas de ellas coinciden con la salida del sol en solsticios y equinoccios, pero otras muchas no. Sin embargo, esas coincidencias animaron a la doctora Reiche a elaborar su hipótesis astronómica. ¿Suena convincente? 

Para un sector de la comunidad arqueológica sí. Pero sólo para un sector. El americanista Henri Stierling, autor de Nazca, la clave del misterio, no opina igual. Para él los dibujos de Nazca se utilizaron como un gigantesco telar. Basándose en los grandes tejidos realizados por la cultura de Paracas, y en los restos de mástiles descubiertos en torno a muchas de las líneas, dedujo que las figuras eran los modelos con los que se tejieron enormes mantos. Stierling argumenta que los tejidos de las momias de Nazca están hechos de un solo hilo, lo que llevaría a una longitud de hasta ciento sesenta kilómetros en algunos casos. «Había que hilarlos en los grandes caminos, almacenarlos en los grandes rectángulos y tejerlos en los triángulos alargados, cerca de las figuras totémicas correspondientes al clan del muerto». 

El historiador catalán Juan Ventura, por su parte, defendió una utilidad menos práctica y más religiosa para las figuras. Lo bueno de Ventura, que es hombre de acción, es que no se limitó a enunciar una teoría, sino que se propuso demostrarla. Reproduciendo la construcción de enormes dibujos ceremoniales, utilizando sólo estacas de madera e hilos. De esta forma, haciendo una arqueología práctica, consiguió llevar a cabo figuras de más de sesenta metros como el emblemático colibrí, concluyendo que cuando los recursos técnicos son escasos, la imaginación humana no tiene limitaciones. Para Erich von Dániken y la AAS se trataban de un reclamo para los antiguos dioses extraterrestres, mientras que para algunos otros, como el doctor Javier Cabrera, eran un aeropuerto estelar. 

Pero para opiniones excéntricas, la de la polaca Yadwiga Paekiewicz, que aseguró haber descifrado los geroglifos: serían una especie de «Biblia de piedra», una advertencia para la humanidad futura... Conjeturas extravagantes aparte, en los últimos años las cosas se complicaron inclusive más para los arqueólogos peruanos. 

En mi tierra dicen que si no quieres una taza de caldo te darán dos. Porque si la llanura de Nazca nos había subyugado con sus sugerentes líneas, en el año 2005 el misterio decide dar otra vuelta de tuerca. Con gran repercusión mediática se anuncia el descubrimiento de la tumba del Señor de Palpa, probable gobernador de la región cercana a Nazca en una época anterior a la realización de las líneas. Lo extraordinario es que los arqueólogos que descubrieron dicha tumba contabilizaron a la vez casi mil nuevas lineas y figuras, anteriores incluso a las de Nazca. Muchas de ellas descubiertas por Eduardo Herrán. 

Los arqueólogos Johny Isla Cuadrado y Markus Reindel, después de cinco temporadas de trabajo de campo, han documentado y excavado más de seiscientos cincuenta yacimientos arqueológicos en Nazca que vinculan con los autores de los dibujos del desierto. Para ellos la región donde se encuentran las líneas fue habitada de forma continua por las culturas Paracas y Nazca desde el año 800 a.C. hasta el final del Imperio Inca, en el año 1532.

Han determinado que «las primeras lineas y figuras se elaboraron al final de la cultura Paracas, hacia el 200 a.C.», tomando como modelo las decoraciones de las telas y cerámicas que tanto Isla y Reindel como otros arqueólogos anteriores han descubierto en toda la región, decoradas con dibujos idénticos a los de las lineas. Muestras de esas cerámicas y telas se pueden contemplar en todos los museos que he enumerado. Según estos arqueólogos, los geoglifos alcanzaron su máximo esplendor cuando los asentamientos de la cultura Nazca estaban en pleno desarrollo, entre el 200 a.C. y el 650 d.C. 

La evidencia arqueológica indica que los dibujos se dejaron de realizar a medida que surgían conflictos entre grupos de la misma sociedad. Pero ¿qué significan? 

Durante sus excavaciones en las líneas de Nazca, los arqueólogos descubrieron pequeñas estructuras situadas en los geoglifos en las que se han encontrado ofrendas de productos agrícolas y animales, sobre todo marinos. «Entre éstos destacan las conchas de spondylus, que en el área andina han sido considerados, desde hace miles de años, como símbolos de agua y fertilidad». Supongo que, según estos elementos de juicio, de reciente hallazgo, sería licito comparar a las líneas de Nazca con los dibujos rupestres que los nyau hacen en sus cavernas, en las entrañas de la sabana africana. 

Igual que los nyau lanzan piedras contra las pinturas rupestres de nubes o de lluvia en sus cuevas, intentando con este acto mágico atraer la lluvia, los nazca personificarían en los dibujos del cóndor, la araña o el hombre con cara de búho a sus dioses, entregándoles las ofrendas que deberían pacificarlos. 




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