miércoles, 1 de enero de 2020

CASANDRA Y LOS PELIGROS DEL ESOTERISMO



En 1995 publiqué la primera edición del libro Los peligros del esoterismo, el primer estudio realizado en España sobre los diferentes riesgos que implica el mundo del misterio.

Uno de sus capítulos, el tercero, estaba dedicado a las adicciones que pueden generar las prácticas paranormales, y para ilustrarlo relataba el caso de mi «madrina»; la mujer que, hace muchos años, me introdujo en el mundo del ocultismo. 




Josefa Losada, Casandra, ha sido una de las meigas más queridas y conocidas de Galicia. En publicaciones especializadas, como la veterana Karma-7, o diarios como La Voz de Galicia, se constató en más de una ocasión la credibilidad de sus predicciones y el aprecio que tenía en la comunidad esotérica española. Socióloga formada en la Sorbona y discípula aventajada del marqués Diego de Araciel, a quien pude conocer gracias a ella, cualquiera podría pensar que Casandra era la persona más cualificada psicológica y espiritualmente para adentrarse en las prácticas paranormales. Yo hice mi primera sesión de ouija y mis primeras echadas de tarot de su mano.

Todos los jueves, un puñado de jóvenes adolescentes «amadrinados» por Casandra nos reuníamos en su domicilio, una vez concluida su consulta, para charlar sobre el mundo del misterio, o iniciarnos en alguna de sus prácticas. Pero un jueves todo fue diferente. Aquella tarde Casandra estaba distinta. Según nos contó, unas noches antes se había levantado en plena noche con un impulso incontenible por escribir algo. Su brazo —decía— parecía tener vida propia, y sin poder evitarlo comenzó a garabatear unos extraños mensajes y dibujos. Casandra nos mostró aquellas primeras psicografías en las que, recuerdo perfectamente, aparecía el dibujo de un hombre calvo y mayor, y una frase, «muero por amor». 

También aparecía el dibujo de una especie de siniestro «duende» apostado al lado de una cama, una serie de frases y nombres que parecían sin sentido. Mi obsesión compulsiva por el dato me impulsó a pedirle a Casandra aquella primera psicografía para incluirla en mi archivo. Sería interesante —pensé— realizar un peritaje caligráfico, e incluso un análisis grafológico de aquella letra. Casandra accedió y yo me llevé la psicografía. Algunos días después me llamó, visiblemente emocionada. Sin poder contener los sollozos dijo que, si aún la conservaba, le devolviese la psicografía. Ya había descubierto el significado de la misma. 

Casandra había recibido días antes una petición de ayuda por parte de una mujer preocupada por su esposo, el médico mayor y calvo de la psicografía, según ella, que terminaría suicidándose aquella semana «por amor», con una sustancia médica mencionada en el mensaje psicográfico… Aquello impactó tanto a mi madrina que se obsesionó con la «escritura automática». Pocos jueves más tarde me mostró una enorme carpeta repleta de mensajes psicográficos que ella atribuía a su «espíritu guía», el siniestro «duende» que aparecía junto a su cama en el primer mensaje. 

Día y noche Casandra dejaba su mano sobre hojas en blanco, para que esta garabatease «sola» todo tipo de mensajes. Y como ha ocurrido con tantos médiums, psíquicos y videntes de la historia, su obsesión terminó por distanciarla de la realidad… Los problemas familiares, con su marido e hijos, aumentaban proporcionalmente a su obsesión por la psicografía, que empeoró a cuando empezó a combinar sesiones de ouija con escritura automática, y con telepatía mediúmnica después. En poco tiempo había sufrido un cambio de personalidad brutal que la llevó, al divorcio primero, y a perder la tutela de sus dos hijos después. 


Luego vinieron los tratamientos psicológicos y psiquiátricos, siendo internada en varias ocasiones. Llegó un momento en que su «adicción» se convirtió en irrefrenable, y una sesión seguía a otra y a otra. La autodestrucción psicológica de mi querida Casandra se convirtió en pozo sin fondo…

Hasta aquí lo que yo contaba en 1995 en Los peligros del esoterismo, dando testimonio, a través del caso de mi «madrina», de la autodestructiva obsesión a que pueden conducir las prácticas paranormales. 

Desgraciadamente, el túnel en el que se vio inmersa Casandra no terminó en la adicción. Mi «madrina» continuó, ya publicado mi libro, entregada a lo que creía mensajes del más allá, aún después de haber perdido a su familia, y de haber rechazado varios tratamientos psiquiátricos. En octubre de ese mismo año, pocos meses después de la publicación de mi libro, su cadáver fue encontrado en el patio de luces del edificio donde vivía, y donde antes nos reuníamos todos los jueves. Se había precipitado por la ventana del sexto piso. Solo con su muerte dejó de recibir mensajes de aquel «duende»… 

Por desgracia, el de mi madrina tampoco es un caso aislado... 


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