miércoles, 1 de enero de 2020

CUANDO EL CORAZÓN TURBA LA RAZÓN


Érase una vez un hombre normal que llevaba una vida sencilla en una pequeña ciudad. Jaime ejercía como funcionario en la universidad. Cada día, al volver a casa, conectaba la radio para seguir a José Ramón de la Morena, como el más fiel de sus devotos radiofónicos. Para él, el Real Madrid no era solo un equipo de fútbol; era una sesión de adrenalina imprescindible para sobrellevar la monotonía de la jornada. Era un tótem al que adorar, y un mándala en el que concentrar su fervor y lealtad. 




El domingo, el campo de fútbol era la psicoterapia necesaria para descargar la tensión de la semana, aunque la inocente madre del árbitro se llevara la peor parte de sus catarsis. Algunas veces, había llegado a derramar lágrimas de frustración cuando el Barça, o ahora el maldito Superdépor, le habían «robado» un partido. Injustamente, claro. 

Mientras escuchaba a De la Morena en El transistor, solía repasar angustiosamente las cuentas de la casa. Habían vuelto a pasarse en los gastos, y la letra del coche amenazaba sin piedad. Además, estaba la longeva hipoteca que nunca terminaba de pagarse. Y por si fuera poco, este año Hacienda no devolvería ni un euro. 

Así, con las preocupaciones y distracciones normales, Jaime iba llevando con resignación los días, semanas y meses de su normal vida. Pero una noche, que también parecía normal, todo cambió. 

Aquel viernes de diciembre, Jaime conducía hacia casa cercado por sus pensamientos. Al día siguiente, él, su mujer y los niños comerían en casa de los abuelos. Después, la habitual partida de dominó con su suegro acompañaría al exquisito café de pota, soportando las viejas historias del anciano que, por enésima vez, le contaría sus aventuras en la División Azul. Pero el domingo —¡oh, día magnífico!—, los muchachos del Real Madrid se medirían con el Rayo Vallecano y lógicamente él estaría allí para apoyarlos hasta la muerte. No podía olvidarse bajo ningún concepto de pasar a recoger los banderines y el gorro del equipo por el local de la peña. Sería catastrófico que el domingo no pudiese calzarse el «uniforme» oficial del buen aficionado antes de ir al estadio. 

Jaime iba absorto en estos pensamientos cuando, de pronto, el coche comenzó a fallar. Se detuvo a un lado de la calzada e intentó cuatro o cinco veces, infructuosamente, arrancar de nuevo el GTI. No había forma. «¡Coño! —pensó—. Y para esto me mato yo a pagar letras…» 

Salió del coche para abrir el capó, de otra forma no lo habría visto, y de pronto se percató de aquella luz en el cielo. 

A doscientos o trescientos metros, al otro lado de los árboles, algo ascendía hacia los cielos, desprendiendo un potente haz luminoso. 

Aquella explosión de luz fluctuante comenzó a elevarse lentamente por encima de las copas de los árboles. Pero el resplandor era tan brillante que le impedía distinguir con claridad formas o contornos. Durante unos segundos, el objeto se estabilizó sobre los árboles. En torno a aquel foco central pareció distinguir cuatro luces que lo rodeaban. Dos verdes y dos naranjas, que daban al objeto la apariencia de un rombo. 

El objeto pareció balancearse un instante y, después, salió disparado hacia las estrellas hasta perderse de vista como un fantasma. La vida de Jaime cambió desde ese instante. 

Durante los días sucesivos, Jaime no podía pensar en nada más. Aquella nave, porque no podía ser otra cosa, tenía que estar tripulada. ¿Y cómo serían esos tripulantes? ¿Cómo sería su mundo? ¿Y por qué le escogieron a él? Lógicamente, tenían que estar muy evolucionados, mucho más que nosotros… 

Jaime comenzó a interesarse por temas que jamás le habían preocupado. Empezó a leer libros y revistas que hablaban de ovnis, esoterismo y demás misterios. Temas que jamás le habían preocupado y en los que ahora buscaba respuestas a sus angustiadas preguntas. Y, por primera vez en muchos años, Jaime no fue al fútbol ese domingo… 


Casos como este son mucho más habituales de lo que podemos imaginar. En todo el planeta existen millones de Jaimes que han visto cómo su esquema de valores se transformaba al protagonizar una experiencia que ellos, sinceramente, creen de origen paranormal. Su encuentro con el misterio en forma de ovni, fantasma o ECM trastoca su existencia de tal modo que su vida ya no vuelve a ser la misma. Las cosas que antes eran indiferentes se convierten en los temas más trascendentes. Es el «despertar de la conciencia», dicen algunos. 

Partiendo de este hecho, muchos autores han pretendido relacionar los ovnis o las experiencias psíquicas con una causa trascendente. Sería agotador enumerar la vasta cantidad de cultos modernos a lo paranormal en cualquiera de sus manifestaciones. Son miles los grupos que ven en los fenómenos anómalos manifestaciones del más allá; en los ovnis, redentores extraterrestres y en lo paranormal, intervenciones de Dios, los dioses, los ángeles o los demonios. 

Contactos platillistas, grupos espiritistas o logias esotéricas son el resultado, bueno o malo, de la divinización del fenómeno paranormal. Sin embargo, sería más prudente contemplar la posibilidad de que las cosas sean al revés. Tal vez el fenómeno no sea una causa trascendente que se manifiesta al testigo, sino que el testigo es quien trascendentaliza la causa del fenómeno.

No seré yo quien niegue que exista vida después de la muerte, espíritus desencarnados, seres extraterrestres o ángeles y demonios que interfieren en nuestras vidas, aunque pese a mis esfuerzos no he encontrado ninguna evidencia de ello. Sin embargo, mi experiencia en la investigación de los fenómenos paranormales me ha llevado a la conclusión de que es el protagonista de cada caso quien convierte esa vivencia inusual en algo trascendente.




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