miércoles, 15 de enero de 2020

LA POSESIÓN DIABÓLICA EN LA IGLESIA CATÓLICA



A pesar de su inquietante aspecto, el padre José Antonio Fortea es un hombre muy amable y cordial. Y generosamente me invitó a su casa, en Alcalá de Henares (Madrid) para mostrarme algunos vídeos de los exorcismos que ha realizado en su iglesia.

Son filmaciones domésticas realizadas por alguno de los familiares del presunto poseído o por alguno de los colaboradores parroquiales del exorcista más famoso de España. No tienen una gran calidad técnica, pero como documento de análisis resultan interesantísimas. 






En ellas puede apreciarse cómo el comportamiento del presunto poseso es totalmente normal inicialmente. Pero en todos los casos, en cuanto el hombre o la mujer penetran en la iglesia y el exorcista comienza las oraciones, comienzan a mostrar una manifiesta incomodidad, que termina convirtiéndose en convulsiones violentas, aspavientos y todo tipo de gritos e insultos soeces para el sacerdote. «Eso que ves ahí es el trabajo del diablo, Manuel, que no te quepa duda…» 

Erudito en demonología, el padre José Antonio Fortea es autor de algunos de los libros más profundos sobre la figura del diablo editados en España en los últimos años, y auténticos manuales de trabajo para exorcistas de todo el mundo, sobre todo sacerdotes de América Latina. Sus libros están en toda biblioteca exorcista que se precie. Especialmente Summa daemoniaca y Manual de inquisidores.

Este último, en realidad, es una traducción del manual para exorcistas redactado en 1376 por el dominico Nicolás Eymerich, inquisidor general del Reino de Aragón, que desarrolla y argumenta la lucha contra el diablo de la Iglesia católica.

Y a eso se dedicaba exactamente el padre Fortea cuando le visité en su domicilio, hacia 2003. Depositario de la vieja tradición exorcista de inquisidores como Eymerich, en aquellos momentos Fortea mantenía abiertos varios casos simultáneos de exorcismo que todavía no habían sido resueltos, como el de Marta.

Marta era una atractiva veinteañera que durante varios años, según me explica el padre Fortea, ha sido víctima de un demonio que atiende al nombre de Zabulón. El ritual del exorcismo puede ser un proceso muy largo, y necesitar el concurso de diferentes exorcistas o la realización de numerosas sesiones de trabajo. Durante esas sesiones, como me muestra el padre Fortea en los vídeos que puedo examinar en su salón, el comportamiento de los posesos es muy similar. Cambios de voz, espasmos, comportamientos blasfemos, animadversión hacia todo lo sagrado… Pero a pesar de las expectativas que tenía al revisar aquellos vídeos, que probablemente nunca serán de dominio público, no vi nada paranormal… Ni levitaciones, ni cabezas girando doscientos sesenta grados, ni vómitos verdes, ni siquiera una demostración de fuerza sobrenatural. Nada que no pudiese explicar un psiquiatra. 

Es muy probable que un médico agnóstico inmediatamente identificase el comportamiento de posesos como Marta con trastornos de la personalidad tan familiares para los psiquiatras como el síndrome de Tourette. Pero ¿y si además de ese comportamiento neurótico y obsesivo, y esas contracciones musculares se produjesen fenómenos menos explicables que no hubiesen sido registrados en vídeo? 

A pesar de las feroces críticas que el exorcista más mediático de España ha recibido por voces tan poco formadas en cuestiones teológicas como autorizadas en cuestiones médicas, Fortea no se ha inventado nada. Tan solo sigue, al pie de la letra, la tradición exorcista católica iniciada por sacerdotes como el padre Pedro Suñer Puig o el entrañable y erudito Francisco de Paula Solá. 

Tuve la suerte de conocer al padre Solá durante la realización de un programa de televisión en el que, por cierto, muchos espectadores afirmaron haber presenciado un suceso inexplicado, y estoy en disposición de dar testimonio de su enorme cultura y erudición. 

El padre Solá era, entre otras cosas, profesor de Teología, doctor en Filosofía y Teología, miembro de la Academia Pontificia Mariológica de Roma, socio fundador y miembro de honor de la Sociedad Mariológica Española, de la Iberoamericana de Sociología y de la Internacional de Papirología, especialista en demología y exorcista de la diócesis de Barcelona. Sus ensayos sobre diferentes campos teológicos, especialmente la mariología, son sobradamente conocidos y prestigiosos, e incluso han sido, a su vez, objeto de estudio y análisis. Sin embargo, traigo hoy a colación al padre Solá no por ser un teólogo de sobrado prestigio, sino por ser el testimonio más espectacular de un exorcista español que quien esto escribe ha podido recopilar. 

La primera vez que el padre Solá se enfrentó al diablo —según su relato— ocurrió en Zaragoza. Una joven alumna del colegio religioso en el que él impartía clases mostraba un comportamiento violento y blasfemo cada vez que se trataban temas místicos en su presencia. Según la investigación realizada por el jesuita, la niña había comenzado a sacarse la sagrada hostia de la boca cada vez que comulgaba, a petición de su hermano, que le compraba las formas consagradas para utilizarlas, presuntamente, en rituales satánicos. Además, la joven empezó a redactar unas cartas al diablo, de contenido marcadamente blasfemo. 

Para cerciorarse de si su animadversión hacia lo sagrado era fruto de un delirio psicológico la sometió a numerosas pruebas. Por ejemplo, durante mucho tiempo le encargaba que echase al correo cartas que el sacerdote le entregaba y en las que en ocasiones incluía una estampa religiosa y en otras solo un papel en blanco. Según Solá, siempre que entregaba a la joven un sobre con una estampa de Jesús o de la Virgen, y cuyo contenido la muchacha no podía conocer por cauces naturales, la niña reaccionaba muy violentamente, «como si el sobre le quemase en la mano». Por esta y otras pruebas el sacerdote decidió someterla a un exorcismo en la misma capilla del colegio. 

Siempre según su relato, en cuanto la niña se percató de que era conducida a la capilla reaccionó con una fuerza y una fiereza inconcebibles para una joven de su edad. Y una vez dentro de la iglesia, en cuanto el sacerdote le hizo la señal de la cruz con un chorro de agua bendita, «la niña salió disparada, literalmente volando sobre todas las filas de bancos, hasta estrellarse contra el altar mayor, poniéndose a girar en el suelo como si fuera una peonza». Lamentablemente, en aquella capilla, a diferencia de la del padre Fortea, no había una cámara de vídeo que pudiese haber dejado constancia del espectacular fenómeno… De hecho, aunque existen muchas imágenes grabadas de exorcismos, los fenómenos físicos parecen eludir a las cámaras, y solo nos queda el testimonio de los presentes… 

La joven de Zaragoza salió airosa del exorcismo y nunca más recordó nada de lo que le había ocurrido. 

Años después, el padre Solá volvió a encontrarse con el diablo en Francia. El jesuita catalán pudo conocer al famoso exorcista de la diócesis de París, Joseph de Tonquedec, poco antes de su fallecimiento el 31 de noviembre de 1962. 

Se encontraba en su despacho, consultándole precisamente el caso de la joven de Zaragoza, cuando el exorcista francés le invitó a acompañarle en una entrevista con una supuesta posesa que iba a interrogar esa misma tarde. Según aseguraba el padre Solá, él pudo presenciar con sus propios ojos cómo durante el interrogatorio entre la supuesta posesa y el afamado exorcista, la joven comenzó a caminar por la pared del despacho, recorriendo el techo de la sala, y descendiendo por la pared opuesta, burlando totalmente las leyes de la física y de la razón. 

Desgraciadamente, una vez más, no quedó ninguna constancia videográfica o fotográfica de los supuestos fenómenos diabólicos. 

Yo no tengo ninguna razón para dudar de que lo que me han contado sacerdotes como Fortea o Solá sea cierto… al menos para ellos. Pero como investigador he de subrayar que mientras en otro tipo de fenómenos contamos con documentos videográficos, sonográficos o fotográficos que podemos analizar, cuanto más espectacular es el relato de un fenómeno paranormal, menos pruebas objetivas presenta. Y eso parecería justificable el siglo pasado, pero no en la actualidad, cuando todos los teléfonos móviles disponen de cámara de vídeo. No parece razonable que quien presencia un fenómeno extraordinario no deje constancia documental de este. 

Fenómeno objetivo o sugestión, la experiencia del venerable padre Solá en París condicionó su vida, consagrándose al estudio del maligno. 

Todos sus trabajos teológicos son importantes, pero sus conferencias y escritos sobre el diablo se consideran respaldados por unas experiencias personales que, probablemente, no ha vivido —o no afirma haber vivido— ningún otro exorcista español. Sin embargo, el ritual de exorcismo no siempre termina bien… 

Casos como el de Anneliese Michel, dramatizado en la película El exorcismo de Emily Rose (Scott Derrickson, 2005), reflejan el peligro que puede encerrar un ritual «de choque» como es el exorcismo, en el que la mente humana se enfrenta a sus propios demonios. Anneliese Michel murió tras un violento exorcismo, que se prologó durante meses. Tras su muerte, los padres y exorcistas fueron procesados y condenados por homicidio negligente, dando lugar a una insólita sentencia judicial en la que lo sobrenatural y demoniaco se intercala con términos jurídicos y policiales. Y no se trata de un caso único.


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