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miércoles, 1 de enero de 2020

NOCEBO: LA CASA DE LOS MUERTOS




Ocurrió en 1991. Patricia, la inquilina de la casa, me comentó aquel mismo 30 de septiembre que pensaba exorcizar su vivienda. La casa era una antigua edificación de dos plantas, situada a unos diez kilómetros de A Coruña. A aquella casa, en la que años antes había fallecido una mujer de avanzada edad, había trasladado sus muebles y enseres Patricia un mes antes. También su compañera de piso había hecho el traslado, pero Patricia y su hijo se habían mudado hacía tres o cuatro días.





Por fin, la compañera de Patricia se instaló. La primera noche que pasó en la casa, encontró la muerte.

Con solo veintiséis años, la compañera de mi amiga sufría un paro cardíaco mientras dormía en su nuevo hogar. Inútil explicar el fuerte trauma que vivió Patricia al encontrar por la mañana su cadáver. Esa lamentable pérdida unida a un par de sincronicidades, a mi juicio totalmente casuales, llevaron a mi amiga a la firme convicción de que la casa estaba maldita:

«Llevaba meses sin encontrar trabajo. Cuando nos mudamos, la dueña nos dijo que no aguantaríamos mucho en la casa (en mi opinión lo dijo por el estado de la vivienda y su pésima ubicación). Nos contó que ya había muerto aquí otra persona. Y ahora pasa esto…».

Patricia había recopilado inconscientemente todos los sucesos negativos de su vida inmediata, relacionándolos con la casa. Fue tal el shock emocional y el pánico que le causó aquella vivienda que inmediatamente se mudó a casa de sus padres. No volvió a pasar ni una noche allí.

Incluso somatizó su miedo, un síntoma habitual del efecto nocebo, sufriendo dolores de estómago, jaquecas, ataques de angustia…

En dos ocasiones estuve a solas con ella en la vivienda acompañándola a recoger objetos personales y pude constatar personalmente que era incapaz de quedarse sola en una habitación. Tal era el terror que le producía aquella casa «embrujada».


A pesar de que no existía ningún fenómeno paranormal en aquel lugar, y pensando que mi investigación podría tranquilizar sus temores, le pedí pasar una noche en su casa antes de que realizase la «limpieza espiritista». Si, por alguna remota posibilidad, hubiera fantasmas en aquella casa, yo pensaba «echarles el guante». Si por el contrario, y como yo intuía, todo se debía a una sugestión galopante azuzada por una serie de coincidencias, calmaría los temores de mi amiga.

Patricia había citado a un «experto» para realizar una «limpieza energética» del lugar un día más tarde, así que debería hacerlo aquella misma noche.

A eso de las 23.00 horas, me recogió en mi domicilio para conducirme a la casa «maldita». Era tal su terror que hicimos escala en Santa Cristina, a unos cuatro kilómetros de A Coruña, para que fuese una amiga de Patricia quien me condujese hasta el lugar. Esta misma amiga sería quien vendría a recogerme al día siguiente. Recuerdo el poco tranquilizador comentario de Patricia antes de separarnos: «No soportaría que al ir a buscarte mañana tú también aparecieras muerto». ¿Absurdo? Sí, pero no para alguien víctima de una sugestión tan fuerte.

Exactamente a las 23.48, según mi cuaderno de campo, llegábamos al supuesto poltergeist. Unas breves indicaciones sobre las llaves, luces y demás detalles de la vivienda, y exactamente a las 00.19 horas me dejaron solo.

Hans Bender decía que las manifestaciones de fantasmas se producen en mucha mayor proporción a testigos individuales. Esa noche entendí el porqué. En tales condiciones, solo, en una «casa embrujada» que se hallaba a diez kilómetros de la ciudad, cualquier sonido, la contracción de las maderas o una corriente de aire, disparan hasta las imaginaciones menos fecundas.

En la planta inferior la luz había sido cortada, por lo que utilicé linternas y equipo magnetofónico con baterías, y un fuego en la chimenea para combatir el húmedo frío gallego durante aquella noche de experimentación en total soledad.

Un barrido fotográfico, psicofonías, radiestesia… Pocas cosas más podía hacer en aquellos tiempos un investigador individual en un caso semejante.

Pero si hacemos caso a la literatura especializada, resulta fácil detectar fantasmas o entidades extrañas en las «casas encantadas».

Yo no tuve suerte, y nadie podrá decir que no he puesto todo de mi parte en cada caso, con una total apertura mental para intentar percibir esos fenómenos. Pero las grabaciones, los barridos fotográficos y demás experiencias se realizaron en ambas plantas sin ningún resultado atribuible a causas no naturales.

Pese a todo, son casos como este los que permiten comprender hasta qué punto la sugestión puede fabular falsos episodios paranormales.

Afortunadamente, ni Patricia ni su amiga se habían quedado en la casa conmigo, pues en este contexto cualquier incidente o coincidencia inusual podría haber desatado una crisis histérica. No sería la primera vez que me encuentro en esa incómoda situación, al presenciar cómo una persona no familiarizada con la investigación sufre un ataque de angustia ante lo que cree un fenómeno paranormal.

En la planta baja de la «casa de los muertos» no había luz ni calefacción, por lo que era necesario utilizar linternas y grabadoras con baterías, y un fogón para combatir el frío durante la noche de experimentación en total soledad. (Foto © M. Carballal)

Aquella noche, por ejemplo, a las 00.46 horas estaba aún en la planta superior, donde sí había suministro eléctrico, en plena experiencia psicofónica. Justo acababa la introducción de los datos de control, invitando a cualquier supuesto fenómeno inteligente a que se manifestase, cuando se produjo un apagón de luz. No se trataba de que la lámpara de la habitación se hubiese apagado en respuesta a mi invocación…, ni siquiera de un misterioso corte de luz en la casa, sino que se había apagado el tendido eléctrico de toda la zona. No me avergüenza confesar que la primera reacción fue de sobresalto, pero me tranquilizó ver que no se trataba de un fenómeno exclusivo de la vivienda. Además, según consta en mi cuaderno, a las 00.48 horas regresó la luz.

No hay nada de inteligencia preternatural o de fenómeno paranormal en esta anécdota, pero ¿cómo habría reaccionado la obsesionada inquilina de la casa al irse la luz poco después de que yo invitase a una manifestación fenomenológica? Creo no equivocarme si afirmo que no habría esperado los dos minutos para ver regresar la luz con toda normalidad. Ni reflexionaría sobre el hecho de que en el campo gallego no es infrecuente que se produzcan caídas de tensión eléctrica. Seguramente, habría salido disparada de la casa, y su relato posterior de los hechos se limitaría a describir una supuesta manifestación inteligente del más allá tras mi provocación.

A media mañana, y sin que hubiese detectado ningún fenómeno, vinieron a recogerme. En aquella casa no había nada paranormal. No obstante, el ritual de «limpieza de energías» se llevó a cabo. En esta ocasión, el oficiante actuó gratuitamente, pero en otros casos el brujo es el primero en alentar las obsesiones del consultante para cobrar grandes sumas de dinero por rituales similares.

El ritual y mi informe actuaron como un beneficioso placebo, contrarrestando el nocebo, para Patricia, que terminó recuperando su tranquilidad de espíritu, aunque por méritos totalmente propios. Aun así abandonó la casa ese mismo día.

La anterior propietaria murió en ella porque tenía más de ochenta años y vivía allí. ¿Dónde iba a morir? Pero este dato, sacado de contexto e insertado en un proceso obsesivo, alienta las más destructivas neurosis esotéricas. El efecto nocebo hace el resto.


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